Las señoras del barro

 

La bola no se despega fácilmente de las manos. Está muy húmedo y modelarlo es complicado. Al amasarlo se sienten pequeñas piedrecitas, una arena que de vez en vez brilla. Su olor, es un olor de infancia, algo entre moho y pasto después de un aguacero. Según el ejemplo que vi, primero se arma una bola, se le abre un hueco, y se comienza a girar entre las manos para poder adelgazar la masa. Al final, se va abriendo la forma, se aplana sobre el molde, se hace un rollito aparte y se le pega en uno de los extremos para hacer una agarradera. Hago todo lo que me dijeron, paso a paso, pero mi intento fracasa rotundamente; mi prospecto de tejo, una pieza de cerámica utilitaria que se ha usado por siglos en la región, es tan grueso que no serviría para asar ninguna arepa.

***

La carretera es destapada, como cualquier trocha entre veredas de los Andes colombianos. El calor es intenso y seco, no hay mucho viento. La modorra del almuerzo comienza a sentirse y el ruido del motor, no deja escuchar los alrededores. Salí de Barichara en un mototaxi por la vía a Guane, y por el primer desvío a la derecha tomamos carretera destapada. El polvo se levanta, y el motor cruje subiendo las empinadas lomas de la región. La vegetación de la zona está arrugada, como un anciano al que se le esfuma la vida. No llueve duro hace casi 8 meses, apenas unas briznitas; “espanta bobos” -diríamos los cachacos-. La carretera sube, sube y da curvas; luego baja y cruje por la sequía; un rato después vuelve a subir por un camino empedrado que construyeron para evitar accidentes, para que no se rodaran los carros.

Después se llega a la primera bifurcación o “ramal” como lo llaman en la zona, a la derecha se va a la vereda Guanentá, a la izquierda a la vereda Butaregua mi primer destino. Después de unos diez minutos de trayecto desde el desvío, el conductor del mototaxi me dice que allí es, y me señala una cerca en el camino. “Suba por ahí derecho hasta que vea una casa con un árbol muy alto”. Pasé por entre la cerca, y comencé a subir por un camino de varios colores, la región de Barichara es rica en diversidad de suelos, hay varios terracotas, grises, cremas, rufos; hay capas de piedras platinadas y al final llegando a la superficie, una delgada capa de tierra de la que se agarra toda la vegetación.

Subo por el camino indicado hasta ver una Acacia de unos 15m de altura, al lado un corral y una casa de adobe blanca, rodeada por un cultivo de tabaco. Mientras saludo, el viento sopla y una nube de polvo se levanta.

– ¡Buenas tardes!

– Siga bienvenido, está en su casa.

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El 21 de enero de 1548 Martín Galeano, capitán español, junto a 44 soldados de infantería y seis a caballo, inició su marcha hacia Guane. Su objetivo conquistar a los indígenas y saquear los tesoros de la región. Uno a uno, pueblo por pueblo fueron cayendo en batalla. Así, hasta el cacique Guanentá murió en las sangrientas confrontaciones que las crónicas de la época relatan. Cachalá, Macaregua, Guanentá, Bucaregua, son algunos de los pueblos que desaparecieron.

Hoy Guane es todo empedrado, sus casas blancas brillan con el enceguecedor sol de medio día. El corregimiento no tiene más de 4 cuadras de largo y 3 de ancho, o al revés si lo prefiere. En el centro hay una plaza. Al frente está la iglesia, a la derecha tiendas y el único hotel; a la izquierda está el museo arqueológico y paleontológico de Guane, un asadero y la casa cural; atrás un par de casas y las tiendas de artesanías donde abundan fósiles y piedras de cuando estas tierras eran mares, y los moluscos prehistóricos nadaban y cazaban por donde estoy parado. La plaza tiene jardines bien cuidados, una cancha de microfútbol y en el centro, donde solía existir una ceiba gigantesca, sólo queda una placa conmemorativa, incrustada en una gran piedra, que dice: “Al Cacique Guanentá y sus gentes, que fundaron estas tierras con su sangre”. Pero a pesar de las masacres de los conquistadores, y los casi cinco siglos que han pasado desde entonces, en la región se conservan algunas cosas como los nombres de algunas veredas: Butaregua, Lubigara y Chahuete; también se conservan apellidos como Ine, Tangua o Alquichire; y aún más importante, se conservan las tradiciones cerámicas y textiles. Estas aunque no tienen toda la riqueza de antaño, luchan por sobrevivir en un mundo donde las ollas de aluminio y la ropa de China, invaden hasta el más recóndito pueblo, vereda o caserío del cañón del río Suárez.

***

FELISA

Felisa camina lento. De sus 85 años, le ha dedicado al barro unos 70, pero de “trabajar derecho derecho” como ella dice, son 60.  Mientras nos acercamos a un salón donde tiene acumuladas decenas de ollas, tejos, jarros y cacerolas para la venta, me comenta su mayor preocupación “Este trabajo es mucho lo pesao pesao, por eso ahora ninguno de los jóvenes quiere hacerlo. Es duro duro”.

El cuarto es pequeño, no se pueden dar más de tres o cuatro pasos. Sus paredes de adobe se descascaran poco a poco, qué contradicción, en una de las zonas más secas de Colombia las casas de adobe se caen a pedazos por la humedad. En algún momento estas paredes fueron blancas, ahora sólo son el recuerdo de una época que se perdió en el abandono; un mosaico de moho, adobe, telarañas y pintura blanca.

Felisa me muestra su trabajo –“mire, de esas ollas tengo todo, pero no llega a quien venderle”-, y con una fuerza que uno no sabe de dónde la saca ese cuerpo que aparenta ser frágil y débil, levanta una de las ollas del montón, que es casi de la mitad de su tamaño -“esta es buena para hacer viudo o tamales”- dice. La alza, me la muestra y la baja chocándola suavemente con las otras ollas, pero el eco del salón retumba con el choque; de pronto una gallina culeca que estaba metida entre las ollas, cacarea y corre, dejando como único rastro un huevo que puso por el susto. Felisa me mira, y ambos soltamos la carcajada.

En su casa tiene pollos por todos lados, grandes, flacos, gordos, desplumados y culecos. Hay un rebaño pequeño de chivos que vive en el tabacal, y que come las pocas hierbas que sobreviven a la sequia. Hay dos gatos. Uno adulto, negro con cara y pecho blanco; y uno gris más joven, que apenas tiene pelo y parece que fuera a morir de inanición en cualquier momento. Tiene también dos perros, uno viejo grande y uno chiquito y ladrador: -“el chiquito es  fastidioso, es nuevo, lo traje hace poco porque el otro que tenía me lo atropelló una moto”-.

***

En la vereda Butaregua, también llamada del Pino Alto, en lo que hoy es Barichara Santander; nació Ana Felisa Alquichire Porras. Hija de Prudencio Alquichire y Gregoria Porras, nacidos y muertos en la misma vereda, en 1960 y 1980 respectivamente. Felisa tuvo siete hermanos, de los que hoy sólo sobreviven ella y la hermana menor que vive en Barranquilla. Se casó con José Joaquín Ortíz Ortíz, quien murió hace once años.

Felisa me recibe y nos sentamos en una banca larga de madera, que está en el corredor externo de la casa. Su pelo blanco ligeramente ondulado, no se queda quieto con el viento. Ventea, ventea fuerte. La tierra está tan seca que la arena se levanta con mucha facilidad. Mientras mira su cultivo de tabaco, a punto de secarse, acomoda su pelo, pone sus manos sobre las rodillas y arregla su vestido rosado de flores. Aparte de eso sólo lleva puestos sus chocatos negros, o alpargatas como se les llama en otras regiones del país.  Ella es de estatura media y piel morena quemada, que muestra los días y días de trabajo al aire libre. Sus manos son grandes, fuertes, y aún funcionan con destreza. Son unas manos especiales, no sólo por tener repetida la última falange del dedo gordo de su mano derecha, sino porque ellas son las que le han dado para comer, para sembrar y para trabajar el oficio –como ella lo llama-.

Con su voz clara y cuerda, asegura que se siente agradecida; del barro ha podido vivir todos estos años, sacó adelante a once hijos, siete hombres y cuatro mujeres. Sus dos hijos mayores -Cristobal y Jesus- ya murieron, y la mayoría de los que viven se han ido de la región. De sus hijos sólo Bernarda aprendió el oficio, a los demás “se les hizo pesao pesao” como ella dice.

***

MEDARDA

La carretera es la misma, la que sube por colinas, baja y vuelve y sube por el camino empedrado. La diferencia está en que esta vez el mototaxi, al llegar al ramal, voltea por la derecha. La carretera sigue y sigue, destapada y polvorienta. Sigue y sigue pasando por un par de escuelas y una que otra casa perdida en la mitad del desierto. Finalmente, el mototaxista me dice que ya estamos en la escuela de Guanentá, una de las zonas donde aún conservan los nombres indígenas. Guanentá significa “tierra del Guane”, y fue la zona donde habitó cacique de la región. Frente a la escuela la casa que se ve arriba, en una lomita que está cruzando la calle, es la casa de Medarda.

***

Medarda Torres estira un costal en el suelo. El cobertizo de la parte trasera de la casa, hecho en teja de lata, nos protege del sol. El corredor es largo y abierto. A la izquierda hay un matorral empinado, y un montón de piedras. Al comienzo del corredor un gran tanque plástico, en el que acumula agua, que en alguna época caía de las tejas. A la derecha, la pared de la casa y un cúmulo de ollas, materas, latas, sillas y materiales viejos. Al final un lavadero, y una especie de corral. Medarda arregla el costal, pone una montañita de arena gris, y encima varios kilos de barro poroso y húmedo traído de una mina lejana. Lo esparce un poco sin mucho cuidado, y comienza a espolvorearle un poco más de esta arena brillante. Se lava las manos, arregla su ropa un poco, revisa que su trenza de pelo esté bien amarrada, y se quita sus chocatos. Viste un delantal negro estampado con flores turquesa, el cual protege su vestido verde oliva. Sin pensarlo mucho se para en el costal y comienza a mezclar la arena con el barro. Pisada a pisada. Su pie derecho sube y baja, cada vez con más fuerza, en medio de una respiración que se corta poco a poco. Cada diez o quince pisadas, Medarda levanta el costal y va volteando la masa. Tiene 64 años, nació el 1º de mayo de 1949, en el mes de la virgen, pero no le pusieron María.

Mientras Medarda pisa la mezcla, las otras señoras del barro la observan. Con los años de experiencia miran a su vecina, hacer lo que ellas hacen cada semana. Hoy vinieron con su vestido de domingo, sin importar que sea lunes. María Temilda Salazar tiene un vestido blanco con estampados geométricos azules y una gorra blanca con propaganda desteñida del actual alcalde de Barichara; la falda es plegada y el talle de la cintura bastante marcado, lleva unos chocatos con los colores de la bandera de Colombia. Temilda, como prefiere que la llamen, también trabaja el barro y es cuñada de Medarda. Nació el 1º de septiembre de 1939, lo cual suma 73 años. Al lado está María del Carmen Romero; lleva un sombrero negro, un vestido de flores amarillas y unos chocatos crudos. Entre sonrisas me dice que cree que tiene 73 años. Un poco más al fondo, esta doña Herminia Arciniegas, la más picara. Se ríe por todo, mientras me dice que adivine su edad, confiesa entre risas que tiene 72 años pero que cumple 74 en diciembre. Lleva puesto un vestido azul pastel con flores blancas y un bolsillo sobre el muslo derecho, en donde guarda sus documentos en una bolsa plástica; además tiene una trenza, dos hebillas y chocatos negros. Herminia se hace un poco más lejos porque hoy no se quiere ensuciar.

Todas aprendieron a trabajar el barro mirando a sus padres. Temilda asegura que desde los ocho años ya estaba trabajándolo. Los miraba, como seguramente sus padres miraron a sus abuelos, sus abuelos a sus bisabuelos, sus bisabuelos a sus tatarabuelos, y así generación tras generación hasta que se perdiera lo campesino, se fuera diluyendo el español y se volviera a ser indígena Guane. Desde jovencitas -dice Medarda-, les tocaba ir a por el barro a una mina lejana que queda bajando por una quebrada.  El barro lo cargaban en la espalda, de amarradito en amarradito, “todo es maleta” -dice Temilda-. Después, lo picaban y lo humedecían para poder pisarlo; para poder hacer lo mismo que Medarda hace frente a mi, medio siglo después.

Mirando. Sin que les dijeran que lo hicieran, sin que les contaran cómo se hacía. Así aprendieron, sobre el barro. Así también aprendieron sobre la piedra que mezclan con el barro. Aprendieron que tienen que traerla de una mina, quemarla en una hoguera para que se cristalice, y así poder fragmentarla y molerla en un mortero. Golpe a golpe, con una piedra ovalada más rígida, la piedra cristalizada se va volviendo una arena brillante. Ellas, también aprendieron mirando, que ese polvo se le mezcla al barro, porque si no lo hacen al quemar las piezas se estallan en mil pedazos. Se estallan, porque la quema es al aire libre, sin horno y sin electricidad. La quema es una hoguera, grande con ramas, maderos, hojas, piedras, ollas, vasijas y tejos. Así la hicieron sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos. Más ramas encima, y más hojas por si acaso. No puede quedar ningún hueco, todo debe quedar tapado para que se cocine bien por todos lados. La quema se hace un sábado, para que al otro día se pueda llevar el producido a los mercados de pueblos cercanos, vender los objetos y ganarse su sustento. El proceso toma toda la semana, el lunes se prepara el barro y se hacen las piezas. El martes las cucharean, con fragmentos de totumo que usan como herramienta para quitar excesos de arcilla. El miércoles las raspan, para pulir imperfecciones. El jueves y el viernes se dejan secar, así el sábado están listas para la quema.

***

Todas las señoras comparten una angustia. Los años pasan rápido, ellas envejecen, no son tantas, son las últimas y sus hijos no quieren seguir con el oficio. De los once hijos de Felisa, sólo una se quedó con el legado; Herminia, no tuvo hijos, y en su familia ya a nadie le interesa trabajar el barro; Temilda tuvo sólo un hijo, y no se dedica a este oficio. María tuvo siete hijos, la mayoría se fueron a vivir a grandes ciudades, y los que quedan se dedican a la labranza, no al barro. Medarda por su parte tuvo a Mery y a Paulina, -“Pava” como ella la llama-, ambas han hecho cursos de cerámica, ambas le han ayudado, ambas aprendieron cosas básicas, pero cada una tiene su vida, y no tienen planes de incluir al barro en ella.

Cada carga de barro tienen que pagarla. $80000 del camión, más el jornal completo del obrero: lo que cobre por sacarla y llevárselas, más las comidas del día; todo eso multiplicado por el número de días que se demore la extracción. Ellas ya no tienen 20 años, ya no pueden cargar los “zurronaditos”, ahora deben pagar quién les traiga la piedra, deben conseguir la leña y trabajar duro para tener buen producido y sobrevivir.

Por encima de varios reconocimientos que les han hecho, los cuales las hacen sentir muy orgullosas, lo que ellas realmente quieren es que el oficio sea valorado y que no muera con ellas la tradición. Medarda me cuenta que a Juancho, uno de sus nietos, sí le gusta el oficio. El problema es que como Pava se casó, se fue a vivir a otro lado y Juancho ya casi no baja a la finca de la abuela. Juancho tiene doce años, está en la escuela y el otro año ya pasa al colegio. Sin embargo, Medarda me dice –con algo de esperanza-, que “ahí de a poquito en poquito va”, refiriéndose a que poco a poco le está enseñando a trabajar el barro.

***

Las señoras del barro me miran entre risas. Herminia no ha tocado nada pero desde una esquina supervisa lo que hacemos. No han pasado ni diez minutos, y Temilda ya está terminando el tejo; María del Carmen pule con delicadeza para que no le queden turupes ni imperfecciones; por su parte Medarda está armando una cacerola. “El tejo está listo” –dice-, volteo a mirar y ella no sólo tiene listo un tejo del ancho perfecto y con una delicada orejita, sino que ya casi termina la cacerola. Las cuatro señoras me miran encartado con la bola de barro que pretende ser un tejo, se miran entre ellas y se ríen.

–       Bueno y ¿qué tal? ¿cómo va?

–       No está mal –me dice Medarda-, y todas se ríen

–       Bueno, me está quedando como gordito. Lo pueden vender más caro –les digo-. Es un tejo para arepas de cocción lenta…

Todas sueltan la carcajada. Mi tejo queda con la promesa de ser quemado -y si sobrevive a la hoguera-, guardado para cuando vuelva.

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